¿Por qué nos atraen los alimentos más dañinos?

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Si usted es de quienes prefiere unas papitas fritas en lugar de unos palitos de apio y zanahoria o elige una ‘salsuda’ hamburguesa en lugar de una porción de fruta, este tema será de su interés.

El gusto por preferir alimentos ricos en grasa y azúcar se liga a la historia de la humanidad cuando en tiempos pasados tuvo que recurrir a ellos para sobrevivir. Además de un tema de subsistencia, los alimentos de mayor gusto para las personas tienen un común denominador muy característico: un sabor irresistible que se potencia con la sal, el azúcar y la grasa.

“Estos tres ingredientes que, en exceso, resultan peligrosos para la salud, abundan en el entorno y se presentan en una amplísima variedad de formas, texturas, aromas y sabores, lo que contribuye a incrementar el riesgo de padecer sobrepeso y obesidad y con ello sus devastadoras consecuencias”, indica un reciente estudio de la Universidad de Birmingham del Reino Unido.

El placer de comer

Lo que se considera ‘un delicioso bocado’ está mediado por la satisfacción que genera el saciar una necesidad fisiológica vital y responde a un mecanismo cerebral (regulación homeostática) que produce el equilibrio energético (equipara la energía gastada y la ingerida con la dieta alimentaria). Sin embargo, en el control del apetito inciden otras variables como los factores emocionales y de motivación, los cuales influyen en el gusto por los alimentos.

Los más tentadores

La investigación de la Universidad de Birmingham también señala cuáles son los alimentos con mayor cantidad de azúcar y grasa que se convierten en una tentación irresistible:

  • Dulces y postres: chocolate, buñuelos, donas, galletas, pasteles, dulces y helados de crema.
  • Aperitivos salados: papas fritas o galletas saladas.
  • Comidas rápidas: hamburguesas, pizza o pollo frito.
  • Bebidas azucaradas: gaseosas, té dulce, batidos, café dulce u otras bebidas con azúcar.

Entre lo dulce y lo amargo

Lo paradójico es que estos productos con sabores tan acentuados suelen aportar nutrientes importantes para la supervivencia en contraposición con los agrios o amargos.

Según la Revista Neuron de octubre de 2002, los seres humanos tienden a consumir sustancias dulces y saladas más allá de la necesidad de reposición de energía, mientras que evitan las sustancias muy agrias o amargas. Esta elección se justifica porque los sabores amargos se asocian con alcaloides tóxicos, mientras que la acidez de muchas sustancias ácidas puede indicar deterioro o inmadurez del alimento.

El consumir alimentos con alta densidad energética sin duda genera efectos gratificantes auspiciados por el cerebro que envía mensajes para seguir consumiéndolos, en ocasiones por encima de lo que pueda exigir nuestro apetito.

“Los procesos neuronales que regulan la motivación de comer pueden anular las señales de saciedad. En ellos influyen los alimentos ricos en azúcar y grasa, que pueden generar respuestas neuronales inhibidoras de las señales cerebrales de la saciedad”, señaló la doctora Stephanie Fulton, del Departamento de Nutrición de la Universidad de Montreal en el 2012.

La tendencia innata a seleccionar alimentos ricos en grasa y azúcar y la actual abundancia y accesibilidad a ellos promueve su excesiva ingesta, lo que se traduce en consumo exagerado de calorías y el consiguiente en aumento de peso.

¡Cuidado!

Por ello es importante identificar las motivaciones que direccionan el consumo de alimentos insanos que van más allá de lo que el cerebro condiciona. Consulte a un especialista cuando la necesidad de ingerir azúcares y grasas lo lleva a pensar en argumentos como “para olvidar mis preocupaciones”, “porque me ayuda a superar la depresión” o “para calmar mi estrés”.

Más información
www.consumer.eswww.umontreal.cawww.birmingham.ac.uk

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